
Al acercarnos al cierre de 2026, creo que es un buen momento para reflexionar sobre algunos fenómenos que están transformando la ciberseguridad en Chile y los desafíos que enfrentaremos durante 2027.
Mi impresión es que estamos entrando en una etapa donde el principal problema ya no será solamente la sofisticación de las amenazas, sino la velocidad con que aparecen y la capacidad de nuestras organizaciones para responder oportunamente. Un defecto de seguridad requiere un esfuerzo potencialmente alto para ser corregido en las plataformas afectadas, especialmente cuando no se cuenta con mecanismos automatizados de parchado.
Uno de los fenómenos más relevantes es la creciente capacidad de la IA para descubrir vulnerabilidades en sistemas y plataformas tecnológicas.
Los mecanismos de análisis automatizado están acelerando extraordinariamente la identificación de defectos de seguridad, muchos de ellos presentes desde hace años en productos ampliamente utilizados y no descubiertos previamente por ‘expertos’. Un informe de Google Threat Intelligence Group (https://cloud.google.com/blog/topics/threat-intelligence/vulnerability-discovery-and-exploitation-trends-in-the-ai-era), de septiembre de 2026, muestra que las vulnerabilidades divulgadas mensualmente pasaron de 5.045 en enero a 10.740 en agosto. Si bien ese crecimiento no puede atribuirse exclusivamente a la IA, también responde a cambios en los mecanismos de divulgación, la tendencia es suficientemente significativa como para preocuparnos.
Esto constituye una buena noticia para la seguridad, desde la perspectiva de descubrir y corregir, pero también una enorme presión para los fabricantes y para quienes administramos (soportamos) las plataformas de nuestros clientes.
Cada vulnerabilidad exige evaluar riesgos, verificar versiones, programar mantenimientos, instalar parches y validar resultados. Todo ello sobre infraestructuras que deben continuar operando, muchas veces ininterrumpidamente.
Y mientras ese proceso ocurre, existe una ventana de exposición que los atacantes pueden aprovechar.
No necesariamente estamos creando más vulnerabilidades; estamos adquiriendo capacidades extraordinarias para descubrirlas. El problema es que nuestra capacidad para corregirlas no crece necesariamente a la misma velocidad.
Creo que 2027 nos obligará a evolucionar hacia una gestión de vulnerabilidades mucho más dinámica, automatizada y priorizada según el riesgo efectivo para cada organización.
La IA está reduciendo las barreras técnicas para desarrollar ataques sofisticados.
Correos fraudulentos cada vez más creíbles, perfilamiento automatizado de víctimas, suplantación mediante voces e imágenes sintéticas y herramientas capaces de automatizar distintas etapas de un ataque son parte de esta nueva realidad.
El phishing tradicional, muchas veces reconocible por sus errores y mensajes genéricos, está dando paso a engaños personalizados y contextualizados, considerablemente más difíciles de identificar.
Pero lo más preocupante es la creciente posibilidad de automatizar ataques completos, desde el reconocimiento inicial hasta la explotación de vulnerabilidades.
Estamos transitando desde atacantes que utilizan herramientas automatizadas hacia herramientas inteligentes que pueden ejecutar ataques con una intervención humana cada vez menor.
Para enfrentarlo necesitaremos mejores capacidades de detección, correlación y respuesta, incorporando también inteligencia artificial, pero sin perder el criterio y la experiencia de nuestros especialistas.
Chile continúa avanzando en un marco regulatorio más exigente.
La Ley 21.719 de Protección de Datos Personales, cuya postergación de entrada en vigencia hasta 2027 se encuentra en tramitación legislativa, seguirá siendo uno de los principales desafíos para empresas y organismos públicos.
Más allá de la fecha definitiva, considero que sería un error interpretar ese plazo adicional como una invitación a postergar los trabajos de adecuación.
Identificar y proteger información personal, fortalecer controles, gestionar terceros y mejorar la respuesta ante incidentes son tareas que requieren tiempo y madurez organizacional.
Paralelamente, la Ley Marco de Ciberseguridad y la consolidación de la Agencia Nacional de Ciberseguridad (ANCI) están estableciendo nuevas responsabilidades, especialmente para las organizaciones que prestan servicios esenciales.
El verdadero desafío no será demostrar cumplimiento mediante documentos, sino desarrollar capacidades operacionales efectivas de prevención, detección, respuesta y recuperación.
A estos fenómenos se suman desafíos internacionales que tendrán efectos directos en nuestro país:
Si tuviera que resumir mi visión para 2027, diría que será un año en que necesitaremos abandonar definitivamente ciertos modelos excesivamente reactivos.
Seguiremos necesitando buenas tecnologías, procesos y especialistas, pero también mayor automatización, conocimiento de nuestros activos, inteligencia sobre amenazas y compromiso de la alta dirección.
Mi principal preocupación no es que en 2027 existan más vulnerabilidades o ataques más inteligentes. Es que nuestra capacidad para descubrirlos, comprenderlos y resolverlos no evolucione a la misma velocidad.
Y quizás esa sea la pregunta que deberíamos hacernos desde ahora:
¿Estamos preparando nuestras organizaciones para enfrentar las amenazas de 2027 o seguimos administrando la ciberseguridad con los métodos de ayer?
Por David Alfaro Medina | CEO ARKAVIA.
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